7/31/2012

Los desaparecidos de la CNEA

Por Raúl Arcomano - rarcomano@miradasalsur.com
Cuatro víctimas. De arriba a abajo: Rus, Rojas, Gorfinkiel y Badillo.

El almirante Castro Madero dirigió con mano dura la CNEA desde el 24 de marzo de 1976 hasta 1983. Además de hacer desaparecer personal, en su gestión echaron a 107 trabajadores y cesantearon a 120. Otros 370 renunciaron por la persecución que imperaba.
 
Quince científicos y trabajadores de la Comisión Nacional de Energía Atómica fueron desaparecidos y otros once, secuestrados y luego liberados durante la última dictadura. El rol de la Marina. Las voces de los que sobrevivieron.

Máximo Victoria se presentó a trabajar el 24 de marzo, como todos los días, en su cargo directivo en el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), donde se desempeñaba desde 1973. Estaba de licencia en la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). Pero el director del INTI le dijo que debía volver a su antiguo puesto. Lo recibió el flamante interventor del organismo, el almirante Carlos Castro Madero, que había asumido ese mismo día. El marino le ordenó presentarse ante el jefe de Logística, un capitán de navío. Luego de la reunión, vino el terror. Victoria fue encapuchado, amenazado con un arma en la nuca, desnudado y trasladado luego a un barco en el que estuvo detenido, con otros científicos, durante semanas. Pasó también por las cárceles de Devoto y de Sierra Chica. Ya en ese momento Victoria era –lo sigue siendo– un científico prestigioso, uno de los principales investigadores internacionales en el área de energía nuclear. La presión de la comunidad científica internacional ayudó a salvarle la vida. Fue liberado. Desde hace más de tres décadas vive entre Europa y Estados Unidos.
 
Hoy Victoria reside temporalmente en Estados Unidos, donde es profesor visitante de la Universidad de California. Desde allí le relató a Miradas al Sur los recuerdos de aquellos días: “Una de las primeras medidas del almirante Castro Madero fue convocar al personal de la CNEA a una reunión en el salón de actos. Allí pronunció amenazas más o menos veladas contra aquellos que ‘rompieran con el orden establecido en la casa’. Yo, además, fui convocado por el área de Personal. Me recibió el director de Logística. Y sin más prolegómenos me indicó que estaba detenido por ser un ‘elemento peligroso para la institución’.”
Victoria fue sacado a punta de fusil por los pasillos de la CNEA. “Me desnudaron en una de las salas de espera para comprobar que no estaba armado y me dejaron a la espera de, dijeron, ‘quienes vendrían a buscarme’. Después de un tiempo que me pareció interminable, cuatro personas de civil, pero que por su comportamiento eran evidentemente militares, me esposaron y llevaron a un auto estacionado en la puerta de la CNEA. Algunos metros más adelante, por la avenida Del Libertador, me bajaron a golpes, me encapucharon y me tiraron en el piso del auto. Me llevaron así hasta lo que después descubrí era un barco de la Marina, atracado en el puerto de Buenos Aires, el Bahía Aguirre.”
 
En el buque todo fue peor. “El tratamiento de golpes, insultos y amenazas duró todo el tiempo que estuvimos ahí. Estuve aislado en una de las cabinas. Después me di cuenta por sus voces que se encontraban también allí otros compañeros de la CNEA. Nuestro encierro duró unas cuatro semanas. Fuimos trasladados a otro barco por un par de días y finalmente encarcelados oficialmente a disposición del Poder Ejecutivo (PEN). Primero en Devoto y después en Sierra Chica. Le debo al violento traslado de Devoto a Sierra chica los rastros físicos más imperecederos de esta pesadilla: una fractura en mi pie derecho y algunos dientes rotos. De Sierra Chica fui liberado en octubre de 1976”. Una semana después, estaba exiliado en Bélgica. Vivió también en Francia y en Suiza.

Lógica de terror. El caso de Victoria es un ejemplo de la fuga de cerebros que, como en el Onganiato, generó la última dictadura. Es, también, una muestra del terror que se implantó en un organismo modelo de la ciencia en la Argentina: la CNEA. Que no escapó a lo lógica desaparecedora de las Fuerzas Armadas: de allí se secuestró a más de once científicos y trabajadores que fueron liberados después de seis meses de detención. Otros no tuvieron tanta suerte: hay 15 personas desaparecidas que, al momento de su detención, trabajaban o estaban vinculadas a la CNEA (ver aparte). Hace poco, además, se homenajeó en el Centro Atómico Bariloche a cuatro egresados del Instituto Balseiro que también están desaparecidos. El desmantelamiento de la CNEA llegó también de la mano de la Ley de Prescindibilidad: durante la gestión de Castro Madero, que duró desde el ’76 al ’83, se echó a 107 trabajadores y cesantearon a 120. Otros 370 renunciaron por la persecución que imperaba.
“Por otro lado, se incorporaron cientos de contratados, previamente supervisados por la Secretaría de Inteligencia del Estado, y controlados internamente como el resto del personal, a través de la elaboración de legajos paralelos, con información gremial, ideológica y política suministrada en parte por elementos de inteligencia interna. Muchas de las incorporaciones estaban relacionadas con las obras que se estaban realizando y también para cubrir tareas de investigación”, explica el físico Enrique Pasqualini. Es un reconocido experto en combustibles nucleares. Está vinculado a la CNEA desde el ’72. En el ’84 fundó con otros compañeros la Comisión de Derechos Humanos del organismo. Hoy es jefe del laboratorio de Nanotecnología Nuclear en el Centro Atómico Constituyentes.

Amo y señor. La sede central de la CNEA está exactamente frente al edificio de la ex Esma. La creó el peronismo en 1950. Hasta 1984 estuvo en manos de la Marina y era dirigida por un almirante. El amo y señor de la CNEA durante la dictadura fue el vicealmirante Carlos Castro Madero. Asumió como delegado de la junta militar el mismo día del golpe. Fue después de un trabajo de inteligencia de la Marina que había empezado en octubre del ’75: el operativo ACNE. Antes de que terminara el ’76 ya habían desvinculado por distintos mecanismos a 600 profesionales, técnicos y administrativos.
 
“Durante la gestión de Castro Madero se liberaron centros atómicos para permitir secuestros. Se persiguió cualquier tipo de actividad gremial reivindicativa y se generaron mecanismos de control con la elaboración de legajos ideológicos. Incluso intentó que gente de CNEA exiliada no consiguiese trabajo en el exterior”, señala Pasqualini. Y acusa: “En más de la mitad de los 26 secuestros, Castro Madero tuvo injerencia directa. Es más: hubo secuestrados, luego liberados, que fueron visitados en sus cautiverios por militares que estaban en la CNEA”.
 
Ya en diciembre de 1983, el científico y luchador por los derechos humanos José Federico Pipo Westerkamp denunció el rol de Castro Madero en las desapariciones y secuestros en la CNEA. “¿Qué hizo su presidente para salvar a tantos miembros de esa Institución? ¿Puede creerse que un contraalmirante, luego vicealmirante, no tuviera posibilidad de lograr noticias sobre el paradero de los científicos de referencia? ¿Acaso no sabía que justamente en frente de la CNEA funcionaban los famosos campos de concentración de la Esma, donde fueron llevados miles de secuestrados en la época en que su amigo, el almirante Massera era comandante en jefe, y el director de la Esma era el capitán de navío, luego contraalmirante Chamorro? Son todos estos interrogantes los que deben despejarse. Castro Madero tiene el deber de informar detalladamente acerca de lo que él sepa sobre este desgraciado tema, que ha llenado de oprobio al gobierno militar, a quienes han colaborado en cargos de responsabilidad, y a la institución a la que pertenecían los secuestrados, ante el desinterés en esclarecer tan terribles hechos”, escribió, sin miedo, en un artículo publicado entonces en la revista El Porteño.
 
“El clima en ese entonces era de terror. Hubo compañeros que fueron secuestrados en la puerta de ingreso o incluso en su oficina”, describe Pasqualini. “En una institución donde es imprescindible la participación de profesionales y técnicos en la discusión y determinación de sus metas y métodos de trabajo, se implantó un sistema opresivo y represivo al conjunto del personal que tuvo como finalidad y consecuencia no permitir que ni siquiera se cuestionaran decisiones técnicas.” Castro Madero murió en 1990.
 
Una mujer que trabajó en la CNEA entre el ’70 y el ’73 –y que prefirió no dar su nombre– relató: “En los ’70 la CNEA tenía un proyecto de energía nuclear de vanguardia: trabajaban muchos investigadores de Exactas; los obreros tenían una capacitación técnica moderna para la época. En esos años existían también sectores combativos. Había un contraste muy fuerte: una dirección militar de poca proyección y un pensamiento científico tecnológico de mirada nacional. Por eso no faltaron los conflictos, laborales y políticos.” “Recuerdo –dice– que entre el personal había agentes o servicios. A uno, por ejemplo, le encontramos fotocopias de documentación de Montoneros. El otro enigma fue quiénes de los que veíamos en las movilizaciones eran militantes o servicios, con lo cual fingíamos ignorarnos. Cuando esto era mutuo ya sabíamos que se trataba de un compañero.”
 
Además de la represión, también se tomó a la CNEA como parte del botín de guerra. Como sucedió, en general, con otras áreas del Estado. Explica Pasqualini: “La política económica que implementó la dictadura fue fundamentalmente de endeudamiento, sin tener en cuenta la necesidad de las inversiones. En materia de energía atómica, por ejemplo, se firmó un decreto –el 302/79– para la construcción de cuatro centrales nucleares antes del fin del milenio, para un país donde la industria y el desarrollo habían quedado totalmente relegados. Nadie preguntaba para qué se iba a usar esa energía, eran ‘negociados’.”

Exilios y ausencias. Carlos Calle es ingeniero químico. Trabajó en el Centro Atómico de Ezeiza, dependiente de la CNEA, desde 1969 hasta marzo 1976. En el exilio, trabajó en la Comisión Nacional de Energía Nuclear italiana: dirigió por veinte años, desde 1977 a 2007, una planta radioquímica. Se jubiló hace un tiempo y hoy vive entre Argentina y Europa. Calle fue secuestrado el 28 de marzo de 1976 y llevado a la Esma. “Un grupo de uniformados de la Marina irrumpió en mi domicilio, en Ituzaingo. En los dos días siguientes, entre interrogatorios, torturas y traslados nocturnos, descubrí a pesar de la capucha que en esa misma razia habían caído también otros nueve compañeros de trabajo, aparentemente bajo un comando unificado”, cuenta Calle a Miradas al Sur, desde Italia.
 
Calle estuvo detenido, como Victoria, en el buque Bahía Aguirre. “Luego de aproximadamente diez días de alucinantes peripecias, traslados y simulacros de fusilamiento, fuimos transferidos desde el barco a la cárcel de Devoto e internados por cuatro meses en los pabellones de máxima seguridad. Sucesivamente, en posteriores traslados, ocho compañeros terminamos en la U9 de La Plata y dos en Sierra Chica. Todo el grupo fue conducido a Devoto a disposición del PEN. El régimen decretó nuestra libertad con un decreto firmado el 8 de octubre de 1976 por el dictador Videla. El decreto fue consecuencia de las presiones internacionales de varios centros nucleares europeos, movilizados por nuestras familias, que por vía diplomática habían intervenido solicitando explicaciones al presidente de la CNEA por nuestras detenciones. Fuimos afortunados porque milagrosamente salvamos el pellejo y pudimos reconstruir nuestras vidas, siete en el exterior (Italia y Bélgica) y tres en nuestro país.”
 
Además de Calle y Victoria, hubo otros nueve secuestrados que lograron recuperar su libertad: Pedro Landeiro y Eduardo Cuello, ya fallecidos; Enrique Narciso, Rafael Vallote, Santiago Morazzo, Jorge Núñez, Sergio Pereira Marcondes, Domingo Quilici y Benito Víctor Benedetti. “Hubo otro grupo de trabajadores de la ciencia y de la industria nuclear que, mientras nosotros éramos detenidos, fueron secuestrados de sus domicilios y algunos en sus lugares de trabajo, en diferentes operativos, para luego engrosar el elenco de los treinta mil desaparecidos. Entre ellos algunos queridos compañeros como Antonio Misetich, Federico Álvarez Rojas, Roberto Ardito, Cristina Onis. No se tuvieron más noticias de ellos”, se lamenta Calle.
 
A Benedetti lo secuestraron porque estaba realizando una colecta para la esposa de Cuello, cuando estaba desaparecido. “Fue bárbaramente torturado, y luego dejado libre, para que sirviera de ejemplo y escarmiento. Los familiares de estos compañeros, desde 1976 en adelante, han denunciado los detalles de cada una de estas desapariciones y están reactivando un viejo proceso judicial.”
 
Calle concluye: “Quienes fuimos considerados responsables de haber pretendido cambios ‘subversivos’ pagamos las consecuencias sobre nuestras pieles. Quince compañeros desaparecieron y hasta el día de hoy no hay ningún responsable por estos crímenes. Cuando el país volvió a la normalidad democrática, la CNEA fue desmembrada por el menemismo. Pero eso es argumento para otra historia.”.